22 de marzo de 2009

Los sueños

De vez en cuando tengo sueños retorcidos. Uno de los más escalofriantes fue hace unas semanas. Soñé que en mi pierna izquierda llevaba enredado un majá. El sueño transcurría en Cuba. La cola comenzaba en la parte superior del muslo y la cabeza estaba ya muy cerca del pie. Sentía como que me apretaba, una sensación casi de inmovilidad. Salí a preguntarle a la gente cómo podía quitarme esa cosa de la pierna y, para sorpresa mía, la respuesta que recibía era la misma: “no sé, nunca me he podido quitar el mío”. Cada vez que me bajaba el pantalón y lo miraba, el majá me miraba de vuelta casi amenazante. Entonces desperté. Sentí una alegría inmensa porque la verdad es que el sueño era asfixiante. Bajé y di una vuelta por la casa, todavía pensando en lo que había soñado. Subí y me volví a acostar. Increíblemente retomé el sueño donde lo había dejado. Como si simplemente le hubiera puesto pausa. Alguien me llamó por teléfono para decirme que ya podía quitarme el majá de la pierna. Pero este me seguía mirando y temía que al intentarlo me fuera a morder o me apretara más. Seguí preguntando y recibiendo la misma respuesta. Me volví a despertar, creo que fue a fuerza de desearlo tanto. Bajé y esta vez hice café. Eran casi las seis de la mañana. Tomé café y, seguro de que no me dormiría más, me acosté y me puse a mirar las noticias. Me quedé dormido una vez más y de nuevo retomé el sueño donde lo había dejado. Aquello seguía enredado en mi pierna. Recibí otra llamada. Enviarían a alguien “calificado” (esa es la palabra, puedo recordarla) a remover el majá de mi pierna. Al final llegó esa persona y no sé cómo desenredó el reptil y lo metió en una caja. Sentí un alivio tremendo, aunque al mirar la pierna sentí náuseas. Me había quedado toda la marca y además se veía una gama de colores que iban desde al verde amarillo al morado púrpura. El hombre guardó todas sus cosas y me dijo: lo llamaremos cuando haya que ponérselo de nuevo. Y desperté una vez más.

No quiero ponerme a darle una interpretación coherente a mi sueño. No me interesa. Cuando se lo conté a algunos amigos enseguida trataron de buscar alguna relación con el trauma de haber vivido en Cuba. Pero es que mis sueños de Cuba no son tan metafóricos. Antes de ese sueño había tenido otro en el que yo iba a la Isla y al regresar no me dejaban salir en el aeropuerto. Y hace sólo una semana Yanelys, la mujer de mi amigo Osvaldito, me contó que había soñado que al ir a Cuba la pusieron a trabajar en la agricultura, como en un huerto o algo así y la gente del barrio, especialmente las viejas chismosas (o chivatas como dice ella), la del CDR y toda clase de envidiosos, pasaban por allí a burlarse y reírse de ella. Despertó asustada. Y así, muchos amigos me han contado sueños raros pero esos que tienen que ver con Cuba me llaman la atención, porque es como si, sicológicamente, no importa si estamos a miles de kilómetros de la Isla, ésta nos persiguiera como un fantasma. Yo no sueño todas las noches con Cuba, pero en mis sueños siempre hay gente de Cuba. En los días del Clásico llegué a soñar que Cuba perdía. Cada vez que me acostaba y al día siguiente habría un juego de Cuba, yo soñaba que el equipo perdía o que alguien me decía que el equipo había perdido. Al final perdió, pero de esa derrota podría hablar en otro artículo. Lo que me preocupa es que sigo teniendo sueños retorcidos y, cuando los cuento a mis amigos, ellos me cuentan otros sueños que podrían no ser tan morbosamente metafóricos como el del majá pero siguen siendo retorcidos. Y los sueños que me cuentan tienen que ver con Cuba, con la bendita circunstancia de haber nacido y vivido en Cuba durante tantos años, con el dolor, el sufrimiento, las alegrías, la gente, los olores y hedores, todo eso sale a flote en los sueños de los que vivimos fuera de la Isla. O al menos en los míos. O al menos en los sueños de la gente que me rodea.

4 de marzo de 2009

La traición

"Muchas veces en la vida, me han llamado traidor. La primera fue a los doce años y tres meses, cuando vivía en un barrio a las afueras de Jerusalén. Fue durante las vacaciones de verano, faltaba menos de un año para que el gobierno británico se retirase del país y naciera, en medio de la guerra, el Estado de Israel.

Una mañana vimos en la pared de nuestra casa, debajo de la ventana de la cocina, escritas con unas letras gruesas y negras, unas palabras que decían: ¡Profi, boged sahfel! [Profi, vil traidor].

El término vil despertó en mí una inquietud que hasta hoy, mientras estoy sentado escribiendo esta historia, me sigue interesando: ¿puede haber un traidor que no sea vil? De no ser así ¿por qué se molestaría Chita Reznik (reconocí su letra) en añadir la palabra vil? Así que, entonces, ¿en qué casos la traición no es vil?"

Así comienza la novela Una pantera en el sótano, del escritor judío, Premio Nóbel de Literatura, Amos Oz. En ella el tema principal pretende ser la traición, o al menos la novela trata de girar acerca del tema de la traición, pero en realidad el argumento tiene que ver con la tolerancia. Cuenta la historia de un joven judío de la Israel bajo la ocupación británica que entabla una amistad con un soldado del país invasor. Esta amistad surge luego de que Profi es detenido por el teniente Dunlop después del toque de queda y éste lo entrega a su familia sin mayores repercusiones. Ellos llegan, durante el trayecto, a un acuerdo tácito: el judío le enseñará hebreo al soldado y éste a su vez le enseñará inglés al adolescente. El jovencito pertenece a una suerte de organización de la resistencia con dos de sus mejores amigos de la niñez y, al creer que los traiciona, decide contarles que se está infiltrando en las filas del enemigo. Sus amigos cuestionan esta relación, y él mismo empieza a cuestionarse si no es un traidor.

Leí esta novela con una doble satisfacción. Primero porque está escrita con maestría y a la vez con sencillez, y cada vez que terminaba de leer un capítulo me decía: vaya que sí merece un Nóbel este tipo. Segundo porque estuve todo el tiempo reflexionando acerca de la traición y sus implicaciones en Cuba. O al menos qué se entiende por traición en nuestro país, y llegué a la conclusión, otra vez, de que como siempre, estamos ante un trastorno de conceptos. Preferiría limitarme a cómo se comporta este fenómeno en el mundo intelectual y si pudiera me circunscribiría al de la literatura porque para hablar de traición en Cuba habría que comenzar a analizar el “caso Ochoa”, o incluso más atrás, y ya ahí hay demasiada tela por donde cortar. Voy a contar de lo que veo y de lo que sé y, más allá de la traición, quiero hablar de la intolerancia y la arbitrariedad a la hora de manejar quién traiciona y quién no, porque sí sabemos LO que se traiciona.

“Epur si mouve”, susurró Galileo Galilei frente a la Inquisición después de admitir que la tierra no era redonda. Se había convertido en un hereje. Y qué cosa no es un hereje sino un traidor. Siglos después esta historia se repetiría en nuestra Isla cuando Heberto Padilla tuvo que arrepentirse y autocriticarse por el único delito de haber escrito un libro que, al paso de los años, ha demostrado ser un texto inocente dentro de la poesía cubana en la Revolución. Pero en aquel momento era peligroso que alguien escribiera, dijera, pensara cosas así. Y era más peligroso si además el libro era bien acogido por el jurado de uno de los más prestigiosos concursos del país (UNEAC). Y ya se convertía en asunto de Estado si era premiado y había que publicarlo. Padilla había sido encarcelado por escribir un libro y con eso se les daba un ejemplo a los intelectuales cubanos de cuál sería el destino de la creación artístico-literaria de la nación “naciente”.

En el año 1999, con la idea de esbozar una antología de poesía con el tema del árbol, cosa que deseché antes de llegar a juntar la primera parte, andaba yo hurgando en los anaqueles de la Biblioteca Provincial José Martí, en Las Tunas, y encontré, para sorpresa mía, tres ejemplares de Fuera de juego, el poemario en cuestión. En la página de créditos, un cuño verde-azul: CLAUSURADO. Era la palabra que menos esperaba. CENSURADO hubiera estado mejor porque quién puede clausurar un libro. Los tres ejemplares estaban nuevos, como salidos de imprenta, sólo con ese color amarillento por la humedad y el polvo, pero vírgenes de lectores. Le pedí a un amigo (por supuesto a uno al que no le interesaba la literatura) que los robara por mí. Y los tuve guardados hasta que un día los vendí junto con una edición barata de Cecilia Valdés. Después me arrepentí, pero en aquel entonces el dinero me vino de maravillas y nunca he sido ese que acapara libros.

La primera vez que leí ese libro ni siquiera lo disfruté demasiado pensando más en lo que lo había convertido en objeto de culto. Padilla había traicionado los ideales de la Patria. Y desde entonces me preocupó el tema de la traición. En Las Tunas miraba al Guille (Guillermo Vidal, mi maestro) y no entendía porque lo habían expulsado del Pedagógico, porqué las autoridades culturales y no culturales de la provincia lo miraban de reojo como un ente peligroso. El Guille también era un traidor. A pesar de que nunca se quiso ir de Las Tunas y murió allí fue, a los ojos de la oficialidad, un traidor.

Pero, ¿cómo sabemos que un escritor es un traidor? Por los años setenta, específicamente 1971 cuando se celebró el Congreso de Educación y Cultura, existía la “parametración” mediante la cual las autoridades culturales (y no) establecían qué escritores y artistas pasaban por el filtro en dependencia de la cantidad de impurezas que ostentaba (preferencias sexuales, religiosas, posición política y hasta relaciones con extranjeros o familiares viviendo fuera de la Isla). Por eso el año pasado se alzaron las voces de cientos de escritores y artistas en Cuba y el extranjero cuando aparecieron en la televisión nacional dos de los personajes más siniestros de esa época: Papito Serguera (que acaba de fallecer) y Luis Pavón. Pareciera que los parametrados de la época y aquellos que sienten que pueden ser parametrados en estos tiempos se asustaron cuando vieron renacer en la pantalla a estos dos señores. Después de toda la gritería electrónica, no pasó nada. Sin embargo, las preguntas todavía dan vueltas en el enrarecido aire nacional: ¿existirá todavía un sistema de parametración en Cuba? ¿Quién está limpio de pecados según el credo revolucionario? ¿Cómo sabemos ahora quién es un traidor o quién no lo es?

Y no sé por qué hablo de escritores, cuando en realidad debía referirme a toda clase de profesiones que tienen vedada la entrada a la Isla simplemente porque el concepto de traición en Cuba responde a mecanismos ajenos a la cordura. El caso que más se mueve en Cuba no es el de los escritores. Pecaría yo si pensara que es así. La invisibilidad en la que siempre hemos estado refugiados los escritores nos ha librado un poco del rechazo mediático que impulsan las autoridades. Los más desfavorecidos han sido los deportistas, los médicos y los actores, pero sobre todo los primeros. En cuanto un deportista se va del país, y en cuanto ya se sabe que se sabe, aparece una nota en la televisión señalando que el deportista tal desertó, dejándose engañar por los cantos de sirena y blablabla. Después los músicos y bailarines y actores y un etcétera larguísimo. Y hasta los políticos, que después de haber “servido” ciegamente, los destituyen ante la más mínima duda, ante el más leve asomo de traición. En ese, como en todos los casos, traición es contradecir o ir contra los designios de los gobernantes. La lista acaba de alargarse hace sólo un par de días. Roma paga a los traidores, pero los desprecia. Después de haber servido tantos años ahora se les trata de indignos y ambiciosos. Nadie sabe a ciencia cierta qué habrán hecho todos esos ministros para ser destituidos de la noche a la mañana. Puede que hayan ido en contra de los principios revolucionarios que nos inculcaron desde niños y que nadie cumple porque para eso habría que ser perfecto. “Pioneros por el comunismo. ¡Seremos como el Che!” es una consigna casi suicida que todavía, un mes antes de venir, tuve que escuchar de boca de mi ahijada el día que le (im)pusieron la pañoleta.

En Cuba te puedes equivocar, pero no puedes rectificar. Los boxeadores Yuriolkis Gamboa, Erislandi Lara y Guillermo Rigondeaux, en un gesto casi infantil, se arrepintieron cuando estuvieron a punto de desertar en Brasil y regresaron a la Patria. Sabían que se les impondría un castigo, pero ellos, repito, infantilmente, pensaron que los dejarían seguir peleando pero no fue así. Así, uno a uno, se escaparon cuando se dieron cuenta de que el perdón no les llegaría. Todavía Rigondeaux esperó un poco más, y ni su aval como el mejor boxeador amateur del mundo fue suficiente.

Yo veo que Beckham juega en el equipo que se le ocurre y en su país ni el Primer Ministro ni la Reina lo consideran un traidor. Ni en España a Pau Gasol; ni a los peloteros venezolanos o los dominicanos o los puertorriqueños en sus respectivos países. Y veo, cuando camino por las calles de Brampton y Toronto, a cientos de inmigrantes y me pregunto si a ellos se les considera traidores en sus respectivos países. Yo mismo, meses antes de venir a Canadá, a pesar de que salía de Cuba por una de las vías más legales que hay, me cuestionaba si estaba traicionando algo. Y el verbo “traicionar”, como quiera que se le conjugue, es fuerte, es terrible, es doloroso, es vil.

Dice Amos Oz en Contra el fanatismo, un libro que recoge tres conferencias acerca de este tema, que el traidor “es quien cambia a ojos de aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieran cambiarle a uno. En otras palabras, traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia (…) No convertirse en fanático significa ser, hasta cierto punto y de alguna forma, un traidor a ojos del fanático”.

Me basta.

28 de enero de 2009

La pelea

Cuando estás fuera de Cuba cualquier cosa que te sepa a Cuba o te recuerde a Cuba te viene bien. Desde encontrar en un supermercado barra de guayaba Conchita, guarapo en lata o escuchar a dos tipos en un café echando pingas y cojones a sabiendas de que, supuestamente, nadie los entiende. Por eso cuando un viernes por la noche Carlos, un amigo que también escogió la distancia dolorosa, te llama para invitarte a casa de Macho (otro coterráneo) a ver peleas de boxeo de tres cubanos que desertaron y escogieron el camino del profesionalismo, no puedes resistirte aunque te mueras del cansancio. Carlos me dice que esta vez las peleas las transmitirán gratis, por ESPN2, y estarán Erislandi Lara, Odlanier Solís y Yuriolkis Gamboa, este último llamado a ser uno de los más espectaculares boxeadores del deporte profesional.

En ese contexto, o sea, en medio de amigos y cervezas y altas dosis de nostalgia, esos boxeadores no son desertores ni traidores, son sencillamente cubanos, y como tal nos sentamos frente al televisor en el sótano de Macho, cerveza en mano, a apoyarlos, como si estuviéramos en Cuba y ellos pelearan en el Playa Girón o en los Panamericanos. Y cada vez que uno ganaba, nos sentíamos más orgullosos porque son cubanos y ser cubano no es eso que nos enseñaron desde pequeños. Estábamos contentos porque presenciábamos, en vivo, estas peleas, pero al mismo tiempo sentíamos tristeza por la cantidad de fanáticos en la Isla que tendrían que conformarse con ver una grabación días después y porque nosotros mismos veíamos esto acá, a unos cuantos grados bajo cero, y no en Cuba, con una botella de ron. Había alegría, pero también había cierta rabia contenida, aunque reinaba la paz. Nosotros, como esos boxeadores, teníamos nuestra propia pelea. Una pelea contra la nostalgia, una pelea contra la distancia.

El boxeo y el voleibol, después de la pelota, son los deportes que más siguen los cubanos. En ese momento en que estás sentado frente a la enorme pantalla del televisor, mirando a esos boxeadores desbordando talento ante otros púgiles de menor valía, al menos en lo que se refiere a la técnica, te pones a pensar en la cantidad de cubanos que andan regados por el mundo y, como cubano al fin, piensas en lo buenos que somos los cubanos. Ah, la escuela cubana de boxeo, la escuela cubana de pelota, la escuela cubana de ballet, la escuela cubana de piano. Qué buenos somos los cubanos, piensas, pero no lo dices abiertamente, para que no te muerda ese bichito chovinista que siempre nos persigue.

30 de diciembre de 2008

La presencia

No hace mucho tiempo tuve uno de esos sueños raros que rozan el límite entre el dulce ensueño y la feroz pesadilla. Había llegado a un apartamento que, por mucho que lo piense, no logro saber exactamente dónde se encuentra ni a quién pertenece. Sólo recuerdo que era uno de esos apartamentos mugrosos de La Habana Vieja o Centro Habana, paredes despintadas y descascaradas, grietas profundas, piso manchado, techo a punto de revalidar la teoría de la gravedad. De cualquier modo, la puerta se abrió y entré gritando de alegría o bajo los efectos del alcohol. Aquella noche yo me había acostado con algunos tragos, de manera que el subconsciente me traicionó y yo gritaba, cosa inusual en mí. Dentro del apartamento había algunas personas que eran, evidentemente, mis amigos, pero tampoco logro recordarlos. Uno de ellos me obligó a guardar silencio, pero yo seguía vociferando, porque estaba contento, muy contento, sabrá Dios por qué. Mi amigo me agarró por el hombro y me pidió que callara. “Es que ha muerto Fidel”, me dijo. Yo reí a carcajadas, cómo podía ser tan ingenuo, no jodiera conmigo, pero él repitió que era cierto, que había muerto, que no jugaba con esas cosas. Le dije, todavía riendo, que tenía que verlo para creerlo, que vista hace fe, y mi amigo señaló hacia la esquina. No había pared divisoria entre la sala y el cuarto. Al final, y pegada a la pared, había una de esas camas pequeñas de hospital y un cuerpo (tenía que ser un cuerpo) tapado con una sábana blanca. He visto esa imagen repetida en cientos de películas, así que soñarla no tiene demasiada connotación cinematográfica, no es una imagen con la que podría ahora regodearme. En el sueño me habré puesto serio, quizás empezando a creer que sí, que en realidad había muerto el Jefe, aunque todavía cabía la posibilidad de una broma: debajo de la sábana podría haber almohadas, cualquier cosa, y no el cuerpo del Comandante. Mi amigo susurró: “Vete a verlo con tus propios ojos”, y lo decía con miedo, como si él mismo no lo pudiera creer. Yo me fui acercando poco a poco y miraba hacia atrás pero no se escuchaban risas y ningún rostro parecía delatar que se trataba de una broma. Llegué al borde de la cama, me arrodillé (como es debido ante tal cadáver) y levanté la sábana. Debajo estaba, en realidad, el mismísimo Fidel Castro. Y justamente cuando empezaba a creer que sí, que estaba muerto, y sin darme tiempo siquiera a reaccionar (asombro, confusión, alegría, júbilo, dolor, tristeza, miedo) abrió los ojos, se puso el dedo índice haciendo una cruz contra los labios y, con una sonrisa socarrona, un guiño quizás, hizo “Shhhhh”.

No era esta la primera vez que soñaba con Fidel. Ya en otras ocasiones le había contado a amigos cercanos y familiares de mis sueños con el Comandante y justo después de esos sueños había reflexionado sobre la intensidad de su presencia y lo que ésta significa para mi generación y quizás también para otras generaciones, pero sólo puedo hablar por la mía, o quizás sólo puedo hablar por mí mismo. Probablemente una de las primeras imágenes que vi fue la suya, repetida en blanco y negro -Krim 18- en un barrio donde no había más de tres telerreceptores. Imagino que mi madre, comunista acérrima, se sentaba a dormirme frente al televisor y allí siempre estaba él. Era 1975: Primer Congreso del Partido, un acontecimiento que fortalecería y redefiniría los principios ideológicos, éticos y morales de la Revolución. Era 1975 y ya se trazaba la nueva División Político Administrativa (aprobada en 1976) que cercenó la geografía de la Isla (léase: su historia), y al mismo tiempo le quitó el sentido de pertenencia a muchas personas, entre las que estaban aquellas del lugar donde nací que antes correspondía a Camagüey y luego pasó a ser parte de Las Tunas y cabe decir que llegó un momento en que mis coterráneos llegaron a sentir que no pertenecían a ninguna de las dos provincias, situación que todavía persiste en los más viejos. De manera que éramos un pueblo desamparado, mutilado de historia y asumiendo una nueva bajo los efectos alucinógenos de la Revolución triunfante que, entonces, otorgó el poder al pueblo y nos indujo a creer que todos éramos iguales. Y en todos los momentos estaba Fidel. En la escuela (en todas las escuelas desde que tengo uso de razón) su foto repetida en las paredes, en las casas, en las calles, los periódicos, las revistas, y por supuesto en las movilizaciones, marchas y manifestaciones siempre su imagen en manos de alguien que lo portaba como un estandarte, fieles retratos o incluso dibujos maltrechos que lo presentaban como un profeta de la casta de Abraham. El gigante barbudo (barbado como un sabio de algún concilio antiguo) aparecía en todas partes, “en todos los segundos, en todas las visiones” y esa permanencia sobrevive hasta el día de hoy. Nos enseñaron que Fidel era un padre, pero yo nunca me lo creí demasiado. Sabía que había nacido, naturalmente, por la cópula de mis padres y no porque Fidel apareciera, de manera divina, con luces estrafalarias, e intermediara entre ellos para que luego mi madre (que es una santa pero no virgen) me concibiera. Pero sí escuché en mi niñez a muchos de mis amigos y primos repetir ingenuamente que Fidel era su papá (“papá Fidel”), y todavía se le inculca a los niños de esta generación que Fidel es como un abuelo, “el abuelito Fidel”.

Si tuviera que mencionar las presencias imborrables de mi existencia, la del Comandante en Jefe ocuparía las primeras. Podré estar en un país remoto algún día y a mi mente vendrá esa imagen sin siquiera mandarla a buscar, sin que nadie mencione su nombre; cualquier cosa lo atraerá: un tipo alto o con barba, el color verde, unas ramitas de olivo, unos ojos inquisidores, unos dedos largos (también inquisidores), una frase “de profundo contenido político”, un estrado, alguien que habla detrás de éste y acomoda los micrófonos o usa guayaberas blancas (que no usa él pero sí sus escudos). Incluso si alguien mencionara a Cuba, posiblemente antes de recordar a mis padres y esos lugares entrañables, aparecerá él. De la misma manera en que cuando un cubano escucha o lee la palabra “revolución”, sólo piensa en La Revolución, porque nos enseñaron que era la única posible y de esa manera se trastocó, en nosotros, el verdadero significado de esa palabra. Así que donde debe decir “cambio”, dice “estancamiento”; donde debe decir “transformación”, dice “inmutabilidad”, pero donde dice Revolución siempre dice Fidel y donde dice Cuba siempre dice Fidel. Por eso para los cubanos es imposible separar patriotismo y Fidelismo. Y ahí se nos escapa otro concepto: la patria es Fidel. En Cuba traicionar a la patria es simplemente ir contra los designios del Máximo Líder. De modo que si un día sobreviene una guerra contra nuestro país no estaríamos luchando por éste sino por Fidel.

Debe ser terrible, pienso, que el día que esté muriendo, y a fuerza de haberlo visto tanto, de haberlo desayunado, almorzado, comido, merendado, ya moribundo yo, en el momento en que esté entonando mis últimos estertores, puede aparecer él de nuevo. Yo le prometí a alguien a quien amé mucho que mis últimos pensamientos serían para ella, que en el lecho de muerte estaría pensando en ella, pero ahora, después de reflexionar en lo que ha significado y significa la presencia de Fidel en nuestras vidas (en la vida de cualquier cubano, no importa dónde esté) no le puedo garantizar a mi amada que será su imagen y no la del Comandante la que se pasee por mis ojos ese fatídico y aciago día. Porque la de Fidel no es una presencia transitoria, efímera, como puede ser la de muchas personas que pasan por nuestras vidas. La suya es una presencia duradera y larga como la misma isla, palpable como esas grietas en las paredes, dolorosa como un parto, traumática y esquizofrénica como la misma Revolución.

24 de diciembre de 2008

Las filipinas

Desde los nueve años viví en un pueblo que, todavía, tiene su encanto: Amancio Rodríguez, nombre horrible, impuesto por la euforia de la Revolución, regalo del mártir que se inmoló frente al Sindicato de Trabajadores, antes se había llamado Francisco (nombre también espantoso) porque así se llamaba el dueño del central azucarero. Solía ser un pueblo famoso, sobre todo por sus carnavales, que se decía eran los mejores de Cuba, y porque Benny Moré lo inmortalizó en aquella canción "Francisco Guayabal", pero con tan mala suerte que, después del Triunfo, dejó de llamarse así y asumió el nuevo nombre, de modo que pasó a ser un sitio común y corriente, desconocido.

Todavía, cuando visito mi pueblo, siento la nostalgia del hombre que regresa y va descubriendo, tristemente, que nada es tan grande ni tan hermoso como solía ser. Será que los ojos del niño lo ven todo más pequeño. Será que los ojos del niño están cegados ante ciertos fenómenos, ante ciertas fealdades de la vida. La última vez que estuve allí, sentado en un banco de mármol que el gobierno municipal ha sembrado a un lado de la avenida, en medio de tanta destrucción y desconcierto, me sorprendía el hecho de que pasaran, uno detrás del otro, en menos de una hora, alrededor de seis carros de turismo con sus extranjeros y sus respectivas jineteras. En medio de un pueblo sucio, de calles rotas, transitan por la avenida estos autos de lujo levantando polvo. Es un contraste aberrante con los tractores que pasan haciendo un ruido insoportablemente hermoso. Es un contraste el rostro tranquilo del extranjero, encerrado en el aire acondicionado de un Toyota, con el rostro curtido del campesino sobre un Yum bielorruso. Supongo (me digo para alejar la tristeza) que eso suceda normalmente en cada pueblo. Supongo que no sea un caso exclusivo de Amancio, que por toda la isla se paseen estos personajes y que, en un pueblo pequeño, una jinetera es un personaje público de cierta notoriedad y resonancia. Y entonces me sucede lo de siempre, o sea, vuelvo a mi niñez. Todo lo que veo en Amancio me lleva de vuelta a mi niñez.

Cuando yo era niño no había jineteras. Al menos no había lo que conocemos hoy por jinetera. Por aquel entonces los barcos que más entraban al puerto de Guayabal (a 18 kilómetros de Amancio) eran, por supuesto, soviéticos, pero también venían griegos y, sobre todo, filipinos. Pareciera que, como estábamos tan acostumbrados a "los bolos", a tenerlos cerca, los que en realidad llamaban la atención a los pobladores del pueblo pesquero y de Amancio eran los filipinos. Eran, en su fisonomía, raros, muy raros. Medio chinos, medio indios, demasiado raros, demasiado contraste. Yo mismo, una vez en la playa, siendo un niño, me atreví a lanzarle unas palabritas en inglés a un filipino y éste me respondió con un inglés que reconozco ahora imperfecto. Ya era la época en que la profesora Graciela me castigaba en su casa y me empecé a interesar en el idioma del enemigo, más por aburrimiento que por otra cosa. Y ya entonces había mujeres que se dedicaban a brindarles sus favores a estos hombres, que eran extranjeros, aunque no venían específicamente a recibir favores de mujeres hermosas, venían porque eran marineros pero, por supuesto, les gustaban las hembras y, por supuesto, dejaban una en cada puerto. Puro cliché.

La prostitución es un fenómeno tan antiguo como la humanidad, pero aquello era realmente un suceso. A estas mujeres las llamaban filipinas, no importa si estaban con un ruso o un griego. Las recuerdo paseando por la calle de Guayabal, una de las más hermosas que haya visto jamás, extendiéndose a lo largo del mar con una sombra de pinos, eso antes de que los ciclones que pasaron recientemente devastaran la calle y casi todo el pueblo. Las recuerdo con shorts de mezclilla bien cortos y el pelo casi siempre teñido de rubio. Las recuerdo caminando por la avenida de Amancio, a la que siempre, estúpidamente, comparo con la calle 23. Las recuerdo, todavía las recuerdo.

Y todavía la de Guayabal, a pesar de los ciclones, debe ser una calle preciosa, y todavía la avenida de Amancio se me seguirá pareciendo a la calle 23, pero aquellas filipinas no tienen nada que ver con las jineteras de hoy. Las primeras, las antecesoras, eran incomprendidas, mal miradas. De hecho, cuando se decía "filipina" era en tono despectivo. Se entregaban a estos hombres no por dinero, recuérdese que entonces el dólar estaba penalizado y portarlo era un delito tan grave como matar una vaca. A cambio de sus servicios recibían jabones, perfumes, prendas de vestir y hasta manzanas. Algunas de estas cosas las traían ellos en los barcos. Otras las compraban en una tienda habilitada para ellos en el lugar. Las filipinas no iban por la calle con aire autoritario, con complejo de superioridad. Nadie se moría por saludarlas. Pero aquel era otro tiempo. Entonces mi madre era maestra, un personaje respetable en el barrio, y ninguna filipina podía pavonearse ante ella. En ese sentido las filipinas eran modestas, decentes. Nada que ver con sus sucesoras, las jineteras, que se sienten una clase privilegiada en medio de las penurias y necesidades que padece el pueblo cubano desde que se desplomara el campo socialista, que se saben agraciadas montadas en un Toyota o un Hyundai al lado de un extranjero que puede ser en su país un profesor o un simple taxista; las jineteras, en su inmensa mayoría y no quiero aquí pecar de absoluto, son vulgares e ignorantes y ostentan esa ignorancia como un arma, la enarbolan como una bandera.

En la secundaria hubo varias muchachitas (mayores que yo) que fueron filipinas y luego, con el tiempo, pasaron a ser jineteras. Es pura dialéctica. En la misma secundaria, durante las lecciones de Marxismo-leninismo, me enseñaron las diferencias entre el imperialismo y el capitalismo, que el primero constituía una etapa superior del segundo, y que por ello era un sistema más despiadado, más cruel. Algún día, cuando se estudie a fondo la prostitución en Cuba, habrá que escribir: "Las jineteras, fase superior de las filipinas".

Sentado en un banco de mármol junto a la avenida de Amancio, el pueblo que me vio crecer, seguía mirando pasar los autos de turismo. Son como diamantes en medio de una cochiquera, una nave espacial en una selva africana. Entonces, de pronto, Amancio se me antojó un mendigo que pide monedas y lleva en su muñeca un Patek Philippe de oro.

23 de diciembre de 2008

La sospecha

Bajaba por Obispo, camino al Instituto, como cada mañana, y un policía, en la esquina del hotel Ambos Mundos, me miraba sospechosamente. O sea, era sospechosa su mirada, y embargaba, además, cierta sospecha hacia mí. Traté de no mirarlo, porque no tenía deseos de tropezar con un policía. No es que hubiera otros días en que yo tuviera deseos de tropezar con un policía, pero esa mañana particularmente no tenía deseos porque justo a las 6, cuando soñaba, quizás, que recibía el Premio Nacional de Literatura, pasó un camión frente a mi casa fumigando contra los mosquitos.

Ni preguntarse porqué a esa hora, ni porqué un sábado, cuando supuestamente las personas normales descansan luego de una semana de trabajo, un camión fumigaba contra los mosquitos. Simplemente tuve que levantarme, porque el humo empezó a colarse por las hendijas debajo de la ventana y la atmósfera se tornó irrespirable. Eso me puso de mal humor. Me vestí y después de media hora, un buen tiempo comparado con otras mañanas, comencé a bajar por Obispo, y de pronto me descubrí casi al final de la calle, en la esquina de Mercaderes, frente a ese policía que me miraba como si mi foto estuviera pegada en las paredes con un cartel de "Se busca...".

Me pregunté qué precio pondrían a mi cabeza, y sonreí, y rápidamente escondí esa sonrisa porque el policía podría haber pensado que me burlaba de él. De modo que miré al suelo, a los adoquines gastados, y perdoné al policía que me miraba con cara de sospecha. Porque él no sabía que iba a mi trabajo. Porque él no sabía que yo soy escritor. Porque yo no tengo un cartel que lo anuncie. Porque simplemente soy negro y es sospechoso que camine tan temprano y tan despacio por la calle Obispo escuchando sospechosa música con sospechoso artefacto. Y me pregunté qué pasaría, con qué cara me miraría el agente del orden, si hubiera sabido que yo soy escritor. ¿Es que acaso el policía me miraba porque recuerdó haber visto mi cara en la televisión la noche anterior? Lo dudo. ¿Es acaso un escritor mejor que el ciudadano común? Pretenciosa idea, sobre todo cuando a mi mente llegó la imagen de ciertos amigos poetas que trabajaron durante mucho tiempo como veladores nocturnos, y recuerdé al que de noche era portero en un hotel, y al que estuvo preso por algún delito que no cometió, y al que se montó en una balsa y no tocó la otra orilla, y al que me encuentro en el mercado cada domingo comprando frutas, y a la que es jinetera, y al que deambula por las calles de La Habana vendiendo dulces. Y me di cuenta de que un escritor, en Cuba, es un tipo normal, un tipo sin mucho lustre a no ser que le hayan concedido el Premio Nacional de Literatura o le inviten a las ferias internacionales, o que, casualmente, se haya conectado con una editorial extranjera. En el primer caso, los hay bien merecidos, y lo mejor es ni soñar con tenerlo, porque eso significa, además del estipendio mensual, que la muerte te anda rondando. En el segundo caso, pues ya habrá quienes se encargarán de decir que estás vendiéndole tu obra a esas editoriales por tres kilos que son, en el mejor de los casos, diez veces más que lo que pueden pagar las editoriales nacionales.

Tuve la sospecha, en ese momento, de que bajar por Obispo a esa hora no es un delito, pero quién sabe. Ya otras veces me habían pedido identificación simplemente porque debo tener cara de maleante. A veces, en mis narraciones, he sido un maleante. He sido ladrón, violador, viejo verde, asesino, proxeneta. Pero sólo en mis narraciones. Y es posible que ese policía, igual que los demás, lo supiera, y quizás sabía que es difícil separar al autor de sus personajes, que siempre quedan rasgos de uno en ellos, que, al final, uno escribe sobre sus propias vivencias disfrazadas con un poco de ficción.

Tuve la sospecha de que era común, un tipo común, un negro común con cara de cualquier cosa menos de escritor. Es más, merecía que el policía me detuviera, y me pidiera los documentos, y me procesara por caminar tan temprano por Obispo, y me llamara ciudadano. Yo le hubiera dicho que no soy ciudadano, que soy poeta, que, un día, recibiré el Premio Nacional de Literatura, pero eso habría agravado mi situación, porque un poeta es un ser sospechoso, y un sospechoso es un tipo con cara de poeta, y a los policías, generalmente, no les gustan los tipos sospechosos, ni los poetas.