26 de octubre de 2009
La historia
21 de octubre de 2009
El futuro (luminoso) de la Patria
19 de septiembre de 2009
La nostalgia
1 de mayo de 2009
El samizdat (tropical)
Bajar por la calle Obispo era mi deporte favorito. De hecho, si alguien que me conoce lee esto dirá que era, prácticamente, el único deporte que practicaba. Y era una suerte de rito obligatorio que me exigía el hecho de trabajar, durante tantos años, en el Instituto Cubano del Libro que está ubicado en el Palacio del Segundo Cabo. Ahora pienso que después de trabajar durante seis años en ese espacio mágico (el Palacio digo), lo mejor que pude hacer fue abandonarlo, porque según vienen anunciado desde siempre, le otorgarán al Instituto otra sede en Obispo y Aguiar, una especie de búnker donde tristemente presencié, sólo unas semanas antes de venir para Canadá, cómo sacaban el cuerpo de un hombre que había muerto durante la noche. Malos presagios para la literatura cubana que tendrá su sede en ese espacio para que mí es, desde esa mañana, siniestro. Todavía el Palacio del Segundo Cabo tiene algo de magia que te atrae, que te hace llegar hasta allí al menos para sentarte en el patio y admirar la impresionante arquitectura colonial. Hermoso edificio que se está derrumbando poco a poco pero tiene todavía ese encanto y esa magia innegables.
Yo siempre bajaba por Obispo y me detenía en las galerías de mis amigos, donde sostenía tertulias entrañables con Álvaro Almaguer, Silvio (no Rodríguez), Julia Valdés, Ronaldo Encarnación. Desde allí, podía observar las peripecias de los cubanos para sobrevivir. Desde allí trataba de desentrañar la dinámica que se establece entre toda suerte de personajes que pululan calle arriba y calle abajo. En medio de ese sepia predominante en La Habana, el colorido era sorprendente: prostitutas, policías, artistas, profesionales, escolares, vendedores ambulantes (los que pregonan y los que susurran), perros (sarnosos y algunos de pedigrí), locos y limosneros (sarnosos y de pedigrí). Todo lo que veía en la calle Obispo, que era un hormigue(r)o constante, me llamaba la atención y, casi un voyeur, lo observaba todo, con cautela, porque igual podían confundirme con un agente encubierto y ninguna explicación de posibles temas literarios me salvaba de un problema con la mafia marginal de La Habana Vieja. Y una de las cosas que más me llamaba la atención de esa vetusta arteria (me gusta eso de arteria porque por una arteria circula sangre, como en la calle Obispo) es la forma en que se mueve la información de una punta a la otra. Desde que empiezas a bajar frente al Floridita y te vas adentrando en eso que pretende ser un bulevar te puedes enterar de los últimos acontecimientos que conciernen a los cubanos de a pie: el último artista o pelotero que desertó, qué televisora o equipo lo contrató, cuánto le pagan, y eso bien lo puedes escuchar o puedes ver cómo de puerta en puerta se pasan correos electrónicos y páginas de internet impresas, discos compactos o memorias flash.
En Cuba es muy común el tráfico de películas, series y telenovelas. Quien no tiene una “antena” o una conexión de antena (por el módico valor de 10 CUC al mes), tiene un aparato reproductor de DVD y una persona que le suministra (por el módico valor de 5 pesos cubanos) toda clase de materiales que pueden ir desde series como CSI, Dexter, Los Tudor, o una telenovela donde trabaja César Évora, o un compendio de los noticieros de Univisión, o el último juego de los Medias Blancas de Chicago donde Alexey Ramírez hizo un Grand Slam o la pelea en la que Yuriorkis Gamboa se alzó con su primer título mundial profesional, y hasta un programa en el que un ex agente de la seguridad revela secretos del mismísimo Comandante en Jefe. Ese personaje que suministra esos materiales va por la calle con su mochilita al hombro, casi un ciudadano común, y entra a la casa como si fuera un familiar o un amigo cercano y anuncia los highlights. Sé de algunos que hasta usan plumas de tinta invisible para cuando los atrapen no les encuentren pruebas.
En la calle Obispo, yo veía que la gente, de una puerta a la otra, se hacía señas furtivas y se pasaba estos materiales. En esa calle vi incluso a la gente intercambiar libros de autores que no se publican en Cuba: Cabrera Infante, Zoe Valdés, Jesús Díaz, Norberto Fuentes, películas y documentales sobre Cuba que no se exhiben en la televisión ni la red de cines. Como a los niños, a los cubanos lo prohibido nos sabe dulce y cualquier cosa que venga con el marbete de lo proscripto genera la inmediata tentación. Tengo un amigo que vivía, antes de salir de Cuba, en un edificio que, apartamento por apartamento, estaba conectado a la antena de uno que vivía a tres o cuatro edificios del suyo. Me contó que a la hora de instalar el cable surgió la duda con los vecinos de un apartamento porque eran “integrados” y no tenían un centavo para pagar la antena, además de que cabía la posibilidad de la delación. Y la solución fue que cada casa pagaría un dólar adicional para sufragar los gastos de conexión de los vecinos “dudosos” y estos la recibieron con felicidad. También escuché la historia de un viejito que se cayó de un tercer piso y falleció tratando que arrancar los cables ante la noticia de que la policía se acercaba a su cuadra para hacer una redada. La televisión cubana, ahora con cinco canales, exhibe la mayoría de las (a veces criticadas por los mismos medios nacionales) series norteamericanas, pero la gente sigue alquilando otras series y otros materiales informativos. Y se siguen imprimiendo correos electrónicos y páginas de internet con temas polémicos sobre la Isla, y se sigue escuchando la música y se siguen viendo los shows televisivos, las películas, las telenovelas, los juegos y las peleas de los que desertaron. Los cubanos tienen sed de información, sobre todo cuando tiene que ver con los suyos.
Cuando todavía la Unión Soviética se erguía como el centro del socialismo internacional, a esta práctica de publicar textos prohibidos y su distribución se le llamó “samizdat”. Una de las novelas publicada por esta vía fue El maestro y Margarita, cuya copia, publicada en Cuba (no sé si por error) por la Editorial Arte y Literatura, tuve el placer de vender en Las Tunas y una copia parecida se anda comerciando en eBay por nada menos que 60 dólares. En aquella época se utilizaba la reproducción mediante papel carbón, aquellas viejas máquinas de esténcil con las que todavía en el Pedagógico se imprimían los exámenes. La política del Estado Soviético para combatir cualquier intento disociador en materia ideológica era el famoso “glasnost”, o sea, la transparencia informativa, que no era más que el control de editoriales, periódicos y revistas por parte del gobierno. Lo mismo que en Cuba. Y esto que sucede en la Isla es una suerte de “samizdat” (por supuesto con el auxilio de novedosas tecnologías) imposible de controlar hasta el momento. Me consta que el gobierno ha tratado de desactivar esas redes clandestinas pero ha resultado imposible; por cada red que desactivan surgen diez más, aunque tengo que aclarar que en muchos casos, casi la mayoría, estas redes están sustentadas más por problemas económicos, como un modo de subsistencia, y no como un mero ejercicio de disidencia.
22 de marzo de 2009
Los sueños
4 de marzo de 2009
La traición
Una mañana vimos en la pared de nuestra casa, debajo de la ventana de la cocina, escritas con unas letras gruesas y negras, unas palabras que decían: ¡Profi, boged sahfel! [Profi, vil traidor].
El término vil despertó en mí una inquietud que hasta hoy, mientras estoy sentado escribiendo esta historia, me sigue interesando: ¿puede haber un traidor que no sea vil? De no ser así ¿por qué se molestaría Chita Reznik (reconocí su letra) en añadir la palabra vil? Así que, entonces, ¿en qué casos la traición no es vil?"
Así comienza la novela Una pantera en el sótano, del escritor judío, Premio Nóbel de Literatura, Amos Oz. En ella el tema principal pretende ser la traición, o al menos la novela trata de girar acerca del tema de la traición, pero en realidad el argumento tiene que ver con la tolerancia. Cuenta la historia de un joven judío de la Israel bajo la ocupación británica que entabla una amistad con un soldado del país invasor. Esta amistad surge luego de que Profi es detenido por el teniente Dunlop después del toque de queda y éste lo entrega a su familia sin mayores repercusiones. Ellos llegan, durante el trayecto, a un acuerdo tácito: el judío le enseñará hebreo al soldado y éste a su vez le enseñará inglés al adolescente. El jovencito pertenece a una suerte de organización de la resistencia con dos de sus mejores amigos de la niñez y, al creer que los traiciona, decide contarles que se está infiltrando en las filas del enemigo. Sus amigos cuestionan esta relación, y él mismo empieza a cuestionarse si no es un traidor.
Leí esta novela con una doble satisfacción. Primero porque está escrita con maestría y a la vez con sencillez, y cada vez que terminaba de leer un capítulo me decía: vaya que sí merece un Nóbel este tipo. Segundo porque estuve todo el tiempo reflexionando acerca de la traición y sus implicaciones en Cuba. O al menos qué se entiende por traición en nuestro país, y llegué a la conclusión, otra vez, de que como siempre, estamos ante un trastorno de conceptos. Preferiría limitarme a cómo se comporta este fenómeno en el mundo intelectual y si pudiera me circunscribiría al de la literatura porque para hablar de traición en Cuba habría que comenzar a analizar el “caso Ochoa”, o incluso más atrás, y ya ahí hay demasiada tela por donde cortar. Voy a contar de lo que veo y de lo que sé y, más allá de la traición, quiero hablar de la intolerancia y la arbitrariedad a la hora de manejar quién traiciona y quién no, porque sí sabemos LO que se traiciona.
“Epur si mouve”, susurró Galileo Galilei frente a la Inquisición después de admitir que la tierra no era redonda. Se había convertido en un hereje. Y qué cosa no es un hereje sino un traidor. Siglos después esta historia se repetiría en nuestra Isla cuando Heberto Padilla tuvo que arrepentirse y autocriticarse por el único delito de haber escrito un libro que, al paso de los años, ha demostrado ser un texto inocente dentro de la poesía cubana en la Revolución. Pero en aquel momento era peligroso que alguien escribiera, dijera, pensara cosas así. Y era más peligroso si además el libro era bien acogido por el jurado de uno de los más prestigiosos concursos del país (UNEAC). Y ya se convertía en asunto de Estado si era premiado y había que publicarlo. Padilla había sido encarcelado por escribir un libro y con eso se les daba un ejemplo a los intelectuales cubanos de cuál sería el destino de la creación artístico-literaria de la nación “naciente”.
En el año 1999, con la idea de esbozar una antología de poesía con el tema del árbol, cosa que deseché antes de llegar a juntar la primera parte, andaba yo hurgando en los anaqueles de la Biblioteca Provincial José Martí, en Las Tunas, y encontré, para sorpresa mía, tres ejemplares de Fuera de juego, el poemario en cuestión. En la página de créditos, un cuño verde-azul: CLAUSURADO. Era la palabra que menos esperaba. CENSURADO hubiera estado mejor porque quién puede clausurar un libro. Los tres ejemplares estaban nuevos, como salidos de imprenta, sólo con ese color amarillento por la humedad y el polvo, pero vírgenes de lectores. Le pedí a un amigo (por supuesto a uno al que no le interesaba la literatura) que los robara por mí. Y los tuve guardados hasta que un día los vendí junto con una edición barata de Cecilia Valdés. Después me arrepentí, pero en aquel entonces el dinero me vino de maravillas y nunca he sido ese que acapara libros.
La primera vez que leí ese libro ni siquiera lo disfruté demasiado pensando más en lo que lo había convertido en objeto de culto. Padilla había traicionado los ideales de la Patria. Y desde entonces me preocupó el tema de la traición. En Las Tunas miraba al Guille (Guillermo Vidal, mi maestro) y no entendía porque lo habían expulsado del Pedagógico, porqué las autoridades culturales y no culturales de la provincia lo miraban de reojo como un ente peligroso. El Guille también era un traidor. A pesar de que nunca se quiso ir de Las Tunas y murió allí fue, a los ojos de la oficialidad, un traidor.
Pero, ¿cómo sabemos que un escritor es un traidor? Por los años setenta, específicamente 1971 cuando se celebró el Congreso de Educación y Cultura, existía la “parametración” mediante la cual las autoridades culturales (y no) establecían qué escritores y artistas pasaban por el filtro en dependencia de la cantidad de impurezas que ostentaba (preferencias sexuales, religiosas, posición política y hasta relaciones con extranjeros o familiares viviendo fuera de la Isla). Por eso el año pasado se alzaron las voces de cientos de escritores y artistas en Cuba y el extranjero cuando aparecieron en la televisión nacional dos de los personajes más siniestros de esa época: Papito Serguera (que acaba de fallecer) y Luis Pavón. Pareciera que los parametrados de la época y aquellos que sienten que pueden ser parametrados en estos tiempos se asustaron cuando vieron renacer en la pantalla a estos dos señores. Después de toda la gritería electrónica, no pasó nada. Sin embargo, las preguntas todavía dan vueltas en el enrarecido aire nacional: ¿existirá todavía un sistema de parametración en Cuba? ¿Quién está limpio de pecados según el credo revolucionario? ¿Cómo sabemos ahora quién es un traidor o quién no lo es?
Y no sé por qué hablo de escritores, cuando en realidad debía referirme a toda clase de profesiones que tienen vedada la entrada a la Isla simplemente porque el concepto de traición en Cuba responde a mecanismos ajenos a la cordura. El caso que más se mueve en Cuba no es el de los escritores. Pecaría yo si pensara que es así. La invisibilidad en la que siempre hemos estado refugiados los escritores nos ha librado un poco del rechazo mediático que impulsan las autoridades. Los más desfavorecidos han sido los deportistas, los médicos y los actores, pero sobre todo los primeros. En cuanto un deportista se va del país, y en cuanto ya se sabe que se sabe, aparece una nota en la televisión señalando que el deportista tal desertó, dejándose engañar por los cantos de sirena y blablabla. Después los músicos y bailarines y actores y un etcétera larguísimo. Y hasta los políticos, que después de haber “servido” ciegamente, los destituyen ante la más mínima duda, ante el más leve asomo de traición. En ese, como en todos los casos, traición es contradecir o ir contra los designios de los gobernantes. La lista acaba de alargarse hace sólo un par de días. Roma paga a los traidores, pero los desprecia. Después de haber servido tantos años ahora se les trata de indignos y ambiciosos. Nadie sabe a ciencia cierta qué habrán hecho todos esos ministros para ser destituidos de la noche a la mañana. Puede que hayan ido en contra de los principios revolucionarios que nos inculcaron desde niños y que nadie cumple porque para eso habría que ser perfecto. “Pioneros por el comunismo. ¡Seremos como el Che!” es una consigna casi suicida que todavía, un mes antes de venir, tuve que escuchar de boca de mi ahijada el día que le (im)pusieron la pañoleta.
En Cuba te puedes equivocar, pero no puedes rectificar. Los boxeadores Yuriolkis Gamboa, Erislandi Lara y Guillermo Rigondeaux, en un gesto casi infantil, se arrepintieron cuando estuvieron a punto de desertar en Brasil y regresaron a la Patria. Sabían que se les impondría un castigo, pero ellos, repito, infantilmente, pensaron que los dejarían seguir peleando pero no fue así. Así, uno a uno, se escaparon cuando se dieron cuenta de que el perdón no les llegaría. Todavía Rigondeaux esperó un poco más, y ni su aval como el mejor boxeador amateur del mundo fue suficiente.
Yo veo que Beckham juega en el equipo que se le ocurre y en su país ni el Primer Ministro ni la Reina lo consideran un traidor. Ni en España a Pau Gasol; ni a los peloteros venezolanos o los dominicanos o los puertorriqueños en sus respectivos países. Y veo, cuando camino por las calles de Brampton y Toronto, a cientos de inmigrantes y me pregunto si a ellos se les considera traidores en sus respectivos países. Yo mismo, meses antes de venir a Canadá, a pesar de que salía de Cuba por una de las vías más legales que hay, me cuestionaba si estaba traicionando algo. Y el verbo “traicionar”, como quiera que se le conjugue, es fuerte, es terrible, es doloroso, es vil.
Dice Amos Oz en Contra el fanatismo, un libro que recoge tres conferencias acerca de este tema, que el traidor “es quien cambia a ojos de aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieran cambiarle a uno. En otras palabras, traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia (…) No convertirse en fanático significa ser, hasta cierto punto y de alguna forma, un traidor a ojos del fanático”.
Me basta.
28 de enero de 2009
La pelea
En ese contexto, o sea, en medio de amigos y cervezas y altas dosis de nostalgia, esos boxeadores no son desertores ni traidores, son sencillamente cubanos, y como tal nos sentamos frente al televisor en el sótano de Macho, cerveza en mano, a apoyarlos, como si estuviéramos en Cuba y ellos pelearan en el Playa Girón o en los Panamericanos. Y cada vez que uno ganaba, nos sentíamos más orgullosos porque son cubanos y ser cubano no es eso que nos enseñaron desde pequeños. Estábamos contentos porque presenciábamos, en vivo, estas peleas, pero al mismo tiempo sentíamos tristeza por la cantidad de fanáticos en la Isla que tendrían que conformarse con ver una grabación días después y porque nosotros mismos veíamos esto acá, a unos cuantos grados bajo cero, y no en Cuba, con una botella de ron. Había alegría, pero también había cierta rabia contenida, aunque reinaba la paz. Nosotros, como esos boxeadores, teníamos nuestra propia pelea. Una pelea contra la nostalgia, una pelea contra la distancia.
El boxeo y el voleibol, después de la pelota, son los deportes que más siguen los cubanos. En ese momento en que estás sentado frente a la enorme pantalla del televisor, mirando a esos boxeadores desbordando talento ante otros púgiles de menor valía, al menos en lo que se refiere a la técnica, te pones a pensar en la cantidad de cubanos que andan regados por el mundo y, como cubano al fin, piensas en lo buenos que somos los cubanos. Ah, la escuela cubana de boxeo, la escuela cubana de pelota, la escuela cubana de ballet, la escuela cubana de piano. Qué buenos somos los cubanos, piensas, pero no lo dices abiertamente, para que no te muerda ese bichito chovinista que siempre nos persigue.